La lectura de L’aprenentatge de la soledat, de David Vilaseca, ha abierto un mundo literario lleno de posibilidades que hasta la fecha no tenía por la mano: el de la no ficción, en sus múltiples acepciones. A partir de los diarios novelados de Vilaseca he leído una serie de biografías y memorias que, sin darme cuenta, me han ido alejando de la ficción para adentrarme en un mundo que encuentro apasionante. Me refiero a las vidas narradas, en primera o tercera persona, basándose en escritos de la época que se explica o a partir de los recuerdos que se tienen de los mismos hechos años después.
Cada vez que abro un libro para afrontar la vida de alguien parto de la convicción de que lo que voy a leer es una interpretación de la realidad como podría haber tantas otras. Escribir, ni que sea la vida de uno mismo, siempre es transcribir a través del filtro de la percepción particular, que puede estar condicionada por muchos factores, se sea o no consciente de ellos. De alguna manera, la voz en primera persona no deja de hablar al respecto de una realidad ficcionada mediante la censura, prudencia, pudor o intenciones particulares. La realidad suele ser demasiado aburrida o cruda como para reflejarse tal y como es. O, en última instancia, es demasiado amplia como para que nadie la pueda abarcar objetivamente sin mostrar ningún resquicio de la personalidad de quien la narra.
Un factor que me ha atrapado en la no ficción, si es que no es la clave del asunto, es, sin duda, el de los personajes secundarios. Son esas personas, conocidas o no, que aparecen en algún recuerdo, entrada de diario o anécdota puntual. Su presencia en no pocas ocasiones me lleva a querer conocer más de sus vidas, investigar sobre sus pasados y futuros en relación a la escena en la que han aparecido, contrastar lo que ellos mismos o bien unos terceros han dicho sobre lo que he leído. Así se teje, poco a poco, de una manera apenas perceptible, una maraña de realidades interminable, adictiva.
Dos ejemplos bien distintos. En su biografía, Mia Farrow explica su encuentro en una fiesta con Ava Gardner. Mia Farrow iba acompañada de su marido de entonces, Frank Sinatra, quien había estado casado anteriormente con Ava Gardner, quien a su vez había sido amante del padre de Mia Farrow. La escena en la fiesta, la actitud de Ava Gardner con Mia Farrow me hizo automáticamente desear conocer más de su vida.
Otro ejemplo. En una de las interminables fiestas que Andy Warhol narra en sus diarios aparece un estudiante muy atractivo de diecisiete años de New Jersey, del que no llega a saber ni su nombre, que sale del instituto para ir a esa fiesta de multimillonarios y famosos como acompañante de alguien. Andy Warhol se pregunta cómo podrá volver al colegio al día siguiente después de codearse con esa gente, sus excesos y secretos. ¿Quién era ese muchacho enigmático?
El mismo Warhol en un par de entradas habla de John Belushi, con quien se encuentra en varias fiestas poco antes del fallecimiento del cómico por sobredosis. Belinda Carlisle narra en sus memorias un desafortunado encontronazo con un errático Belushi por las mismas fechas. Son diferentes piezas que juntadas con otras muchas darían como resultado un mismo retrato.
Con Belushi y Ava Gardner lo tengo muy fácil para conocer más sobre ellos. Con el chico, lo tengo imposible, salvo que comience a investigar a partir de la fecha de la fiesta, los presentes, sus posibles escritos en torno a los mismos brindis, guiños y confidencias que Warhol narra. ¿Qué libro de ficción me permitiría esto?
Estas lecturas son como películas en las que, cada vez que apareciese alguien en pantalla, el espectador tuviese la posibilidad de coger la cámara y comenzar a seguir a ese personaje que ha dicho una frase inesperada, o a ese otro cuya mirada le ha impactado. Hace poco, comentando esto mismo, alguien me dijo que precisamente lo que no le gustaba era la no ficción, argumentando que la ficción tiene infinitas posibilidades para explicar, de tantas maneras como se quiera, la realidad, y con frecuencia mejorarla. Lo cierto es que coincido con este punto de vista, pero está esa posibilidad de tirar del hilo con los personajes secundarios que me atrapa en la no ficción de una manera que, ahora mismo, me tiene anclado como lector y, posiblemente, como escritor. Unas vidas merecen ser narradas más que otras en cuanto a interés general, de acuerdo, pero creo firmemente que todas las vidas pueden ser explicadas si se sabe hacer bien. Después de todo, tampoco hay tanta diferencia con la ficción. En ambos mundos, lo que carece de interés, por encima de todo, es lo que permanece sepultado bajo el lastre del olvido.